OPINIÓN | El pasado 4 de marzo, el organismo de la ONU encargado del Medio Ambiente, emitió el reporte anual del año 2018 sobre las acciones y cambios que se habían llevado a cabo para ayudar al ecosistema. La ONU ponía el punto de mira sobre la calidad del aire y del agua, afrontaba la situación actual con cierta esperanza de cara al futuro, si bien no dejaba de poner alarma sobre el problema.
No es un secreto para nadie que en los últimos años se ha levantado entre las grandes organizaciones la sensación de urgencia por tomar acciones en contra del cambio climático y la contaminación. Esta urgencia ha llegado a los ciudadanos a través de medidas tomadas por los diferentes gobiernos. En el caso de Madrid, por ejemplo, hemos tenido que hacer frente a una reforma en la calle Gran Vía con la finalidad de impulsar el uso del transporte público; la aparición de nuevos contenedores de reciclaje para los desechos orgánicos; la implantación de nuevos sistemas arquitectónicos que ayudan en la lucha contra el consumo y la contaminación; las jornadas de reducción de velocidades en algunas vías, etc. Todas estas medidas evidencian para los ciudadanos que existe un problema y que debemos prestar nuestra colaboración para intentar solventarlo. Sin embargo, es común preguntarnos “¿Cuál es el camino a seguir?”, ¿Cuál es la solución definitiva para crear una sociedad verdaderamente sostenible?
Al plantearnos esta pregunta reparamos en aquello que tienen en común todos los movimientos de concienciación social: La necesidad de dar ejemplo. Aquellos que hemos crecido siguiendo pautas tan socialmente aceptadas como erróneas, solemos tener problemas a la hora de reconocer dónde nos estamos equivocando. Es por ello que la responsabilidad de seguir las medidas para alcanzar la mejoría recae sobre nosotros, pese a que no seamos el objetivo final. En este sentido, el deber de colaborar con el medio ambiente es nuestro, pero el fin es sentar un precedente para las generaciones venideras.
Esta solución definitiva, pues, viene de la mano de la educación. No solo de la conciencia colectiva que debemos de tomar aquellos en edad suficiente para preocuparnos de lo que ocurre a nuestro alrededor, sino la educación de aquellos que en un futuro estarán en nuestro lugar.
Es cierto que existen ya algunas iniciativas que apuntan en este sentido, y es evidente, por tanto, la necesidad de superar los obstáculos y que se implementen sistemas educativos mejores, donde los menores aprendan a naturalizar y automatizar las medidas necesarias para crear una sociedad sostenible. Como adultos, todo lo que podemos hacer es trabajar en pro de dicha sociedad brindando el ejemplo y el apoyo necesario.